Resulta que de tanto dar vueltas para encontrar mi lugar y el de mi familia en el mundo, considerándonos expulsados de distintos lugares,  inclusive del país que era el nuestro propio, no tardé en darme cuenta de que nos sucedía a nivel emocional, algo más profundo que un “estrés por mudanza”. 

El Síndrome de Ulises, que es el nombre otorgado por primera vez por un psiquiatra español al muy recientemente catalogado cuadro psicológico que presentan los emigrantes, es tema de elaboración y discusión académica por estos tiempos, además de vivencia tortuosa e incierta por parte de los emigrantes.

Se inspira en el héroe mitico de James Joyce, Ulises u Odiseo quien debió  afrontar todo tipo de peligros y sufrimientos en el exilio lejos de sus seres queridos y su tierra.

La condición del emigrante que suele ser diagnosticado con este síndrome, es de estrés crónico y múltiple, siendo cada caso subjetivamente vivenciado, y dependiendo del entorno del cual el emigrante parte y las condiciones de nueva vida a las que debe adaptarse. La pérdida de identificación con un grupo social o nacional, además del desprendimento no sólo de cosas materiales  y del sentido de hogar, en algunos casos, sino también de la familia y la red de contención en otros.

El hecho de tener que partir de la tierra nativa implica que el emigrante  no pudo resolver para sí mismo y su familia situaciones de superviviencia básica; peligro de muerte, enfermedades, pobreza, persecusiones, consecusión de objetivos a corto, mediano o largo plazo, trabajo,  mejora en la calidad de vida, etc.

Desde el punto de vista de la psicología analítica, podríamos considerar que el emigrante profundiza así su proceso de individuación,  ya que las condiciones de contexto en las cuales vivía le impedían avanzar en el mismo. Pero a esto se le suman las rápidas e indispensables adaptaciones que se deben efectuar, dentro del cuadro de modernidad, idiomas, prejuicios, comidas, horarios, paisajes, incluso la forma en que el sol brilla,  idiosincracia, falta de trabajo, legalidad … además de una enorme variedad de asuntos que podrían salir mal, ya sea por falta de planificación, desconocimiento, soledad o desidia.

El Síndrome de Ulises, no es una depresión ni tampoco lo mismo que el PTS (estrés post traumático). No es, ni debe ser tratado como una enfermedad. Es en todo caso, un duelo parcial que puede dar lugar a regresiones y cambios importantes en la dentidad.

A su vez, el regreso del inmigrante a su país de origen, debe ser tomado como  una nueva migración con sus consecuencias. 

Los síntomas que se presentan suelen ser: tristeza, llanto, irritabilidad, insomnio, fatiga, migraña, confusión… todo en distintos niveles de gravedad.

En este sentido, recomiendan que si sentís que te pasa esto, será importante la Aceptación, es decir, instalarse a fondo en la nueva situación -con sus aspectos tanto positivos como negativos-  y la Restitución,  que es la  reconciliación afectiva con lo que se ha dejado atrás y con todo lo nuevo.   Se acepta lo bueno y lo menos bueno o malo, tanto del país de origen como del país de acogida.

 Y yendo un poco a mi historia, que seguramente es la de muchos, no creo tener la valentía y arrojo de Ulises, de hecho la preparación para emigrar, ya sea la primera vez, de Argentina a USA, o la segunda de Argentina a España demandó tiempo, estrategia, orden, información…

 desde el momento de la decisión de emigrar, los preparativos llevaron más tiempo de lo esperado, pero claro, uno nunca estará lo suficientemente preparado… ni tampoco es un héroe mítico como Ulises.

Malos tiempos aquellos en los que la gente corriente ha de comportarse como héroes para sobrevivir. Ulises era un semidiós, que, sin embargo, a duras penas sobrevivió a las terribles adversidades y peligros a los que se vio sometido, pero las gentes que llegan hoy a nuestras fronteras tan sólo son personas de carne y hueso, que, sin embargo, viven episodios tan o más dramáticos que los descritos en La Odisea. Soledad, miedo, desesperanza… las migraciones del nuevo milenio que comienza nos recuerdan cada vez más los viejos textos de Homero.” (J. Achotegui).

Pero como si esto fuera poco, nos encontramos que los emigrantes también padecemos de otra condición que es el Síndrome del Converso.

A diferencia del Síndrome de Ulises, esta se presenta como un tipo de “amnesia” o actitud obsesiva,  que afecta al que por alguna circunstancia rompe drásticamente con su pasado, señas y pautas culturales para sumergirse mejor en la nueva identidad que se le propone.

Por lo general suele implicar en cuanto a la inmigración,  una fervorosa defensa del país al que se integra, a veces con un activismo político exagerado.

El Síndrome del Converso se presenta en todas las áreas sociales en donde se corta con lo anterior y se incorpora lo nuevo, justificando incluso aquello mismo que se aborrecía anteriormente; puede ocurrir en todas las áreas, una religión, un país y quienes sufren de este Síndrome presentan conductas agresivas defendiendo su nueva identidad adquirida.

Así, en mi experiencia personal, luego de atravesar un horroroso y fallido proceso de inmigración LEGAL a Estados Unidos, me encontré de repente, con otros inmigrantes, legales, ilegales o semi-legales (cuya condición consular aún no se define) cuestionando y juzgando mi experiencia personal, sin ninguna autoridad para hacerlo, solo ejerciendo su nueva condición de conversos. 

Situaciones en donde se suponía que me “justifique” socialmente por mi propia decepción ante la pérdida de tiempo, dinero, salud, objetivos y sueños que no fuera provocada por mi, sino por la gigantesca maquinaria del país más poderoso del mundo, el supuesto lugar en donde se cumplen los sueños,  en decadencia, incumpliendo SUS plazos establecidos, deshonrando SUS reglas establecidas y cambiándolas en la mitad de juego, arruinando ellos mismos un proceso que originaron y se encargaron de destruir.

“Tienes que luchar” fue una de las frases que más escuché; obvio, seguiré luchando por mi familia y por mi bienestar, no por un país que me echó antes de empezar, que arruinó dos preciosos años de la vida de mi hija, además de sus cumpleaños de 15 y 16.

La idea, expresada en tono demandante y sin recepción del otro lado,  era que luchara para seguir quedándome en donde me habían echado, gastando fortunas en abogados, en vez de usar ese dinero, por ejemplo,  para el placer y bienestar de mi familia. Lucha que llevaría por lo menos 5 o 6 años y sin resultados garantizados. Además de todo ese tiempo vivir al margen de la ley, bajando mi calidad de vida enormemente, cosa que era exactamente lo contrario de lo que fui a buscar. 

Otra frase de quienes sufren del Síndrome del Converso que escuché, cuando conté mi pésima  experiencia personal fue  “decí la verdad”. En ningún momento mentí, ni tampoco tengo tiempo ni ganas, y menos en redes sociales de ponerme a escribir mentiras.

Habrá que  estudiar seriamente qué les pasa a aquellos que presentan este Síndrome: ¿Quizás están incómodos en el lugar que eligieron para establecerse y necesitan más personas que ayuden a convencerlos de que efectivamente ése es el lugar indicado, luego de hacer el gigantesco esfuerzo de emigrar? ¿O resulta que quien decide obrar diferente les presenta un desafío y les mueve las estructuras que ya no resisten más cambios?

También para el que fue rechazado como inmigrante las emociones son muy complejas. Y, entre otras cosas, esa es la razón por la que no aparecemos  más (o tan seguido) en redes sociales contando la experiencia, porque quizás nos da vergüenza, o probablemente estemos muy ocupados rearmando nuestras vidas,  como para seguir perdiendo nuestra energía en actitudes negativas, soportando indirectas o calificaciones en tono peyorativo.

La verdad, fue y es  doloroso ser testigo de la actitud de las personas afectadas por este Síndrome.

“La misma bajeza comete quien anima a su huésped a que se vaya, cuando éste no quiere hacerlo, que quien se lo impide cuando lo desea. Hay que agasajar al huésped cuando está en tu casa, pero también despedirlo si lo desea.” (Homero – La Odisea)

Ruth Percowicz
Ruth Percowicz

Mi nombre es Ruth y soy de Buenos Aires.  Trabajé como periodista en revistas y radios.  Siempre me gustó explorar, viajar, conocer lugares nuevos,  investigar. Luego de recorrer varios países y vivir un año en Estados Unidos, elegí instalarme en Fuengirola (Málaga).

Desde hace muchos años me dedico a la enseñanza y consultoría psicológica junguiana, actividad que ahora continúo haciendo tratando de contener a aquellos que desean emigrar o que hayan tenido experiencias fallidas en su proceso. Mi participación en este blog, además de generar contenido noticioso, intenta expresar mis vivencias que podrían ayudar o aliviar situaciones que se presentan antes, durante y después del proceso migratorio. Y todavía hay tanto por contar!

Podés concocer más de mi en mi blog personal.

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By |2019-03-08T12:56:41+00:0015.9.2018|País: Ya establecidos|Etiquetas: , |